No abandones JAMÁS a tu perro: este relato cuenta cómo se siente él al ser abandonado

Cuando Rufus llegó era noche cerrada. Ya habían pasado horas desde que inició, desconcertado, el camino de vuelta a casa. No entendía el nuevo juego que, esa misma mañana, le habían propuesto Edu y Rosa: lo habían llevado, por una carretera angosta, a lo alto de la montaña y, cuando lo invitaron a bajarse del coche, él creyó que, simplemente, correrían por los prados cercanos y disfrutarían del contacto con la naturaleza. A Rufus le encantaba tener espacio para desafiar al viento e intentar ser más rápido que él y, desde que su cuerpo tocó tierra, el ansia por iniciar esa carrera le desbordó.

Pero esta vez el juego sería diferente: Edu y Rosa arrancaron el coche y reanudaron el camino en el mismo momento en el que Rufus se bajó de él. Quizás eran ellos los que querían desafiarle en una carrera; al fin y al cabo, sin la ayuda del coche eran mucho más lentos que él, jamás habían podido ganarle. Tenía que darles rabia perder siempre, pobrecitos. Sí, seguro que era eso. –¡Acepto el desafío!–, pensó Rufus, e inició la marcha a toda velocidad.

Al principio parecía que la carrera sería igualada; Rufus salió un par de segundos más tarde que el coche, pero, en menos que canta un gallo, fue capaz de recuperarle a éste algo de terreno. –¡Sí! ¡Voy a volver a ganarles!–, pensó. Pero la ilusión no duró mucho: el coche, en cuanto cogió ritmo, demostró ser mucho más rápido y empezó a alejarse poco a poco. Rufus no se quería rendir, seguía corriendo a la máxima velocidad que le permitía su cuerpo, a pesar de que el coche empezaba a estar fuera de su alcance y, unos momentos después, incluso fuera de su vista.

–Vaya… pues parece que esta vez he perdido–, pensó Rufus mientras detenía su carrera. Todo era un poco raro, de todos modos: Edu y Rosa no solían ponerse fuera de su vista cuando salían con él, más bien era al contrario. Muchas veces había oído cómo lo llamaban cuando se perdía entre los árboles. Y sabía que más le valía volver con ellos si no quería verlos cabreados… ¡no era divertido oírlos cuando se enfadaban!

Entendió entonces, Rufus, que Edu y Rosa se debían haber perdido al correr tanto para ganar la carrera. Y decidió llamarles, captar su atención, como ellos hacían cuando era él el que se perdía. El aullido que soltó se vio interrumpido por un susto de muerte: Rufus no se había dado cuenta de que aún seguía en medio de la carretera, y otro coche estuvo a punto de llevárselo por delante. Por suerte el automóvil fue capaz de esquivarlo, movimiento que Rufus interpretó como una advertencia: tendría que salir de esa odiosa serpiente de asfalto si no quería morir atropellado.

Lo siguiente fue seguir aullando. Rufus aulló y aulló, se estaba quedando sin aire en los pulmones… pero Edu y Rosa no volvían. Debían de haberse perdido bien perdidos. –¡Ya lo tengo!–, pensó entonces Rufus. –¡Tengo que volver a casa, seguro que estarán allí!–. Por suerte tenía un fantástico sentido de la orientación, y enseguida supo cuál era el camino de vuelta; lo malo es que sería un camino bastante largo, no llegaría pronto. Pero, si lo lograba, seguro que se alegraban de verle.

A Rufus le encantaban Edu y Rosa. Siempre le cuidaban y le daban de comer y, aunque a veces eran un poco quisquillosos y se enfadaban, él sabía que le querían. Aunque, en realidad, su persona favorita era Pablito; el pequeñín de la casa jamás se enfadaba con él, y nunca se cansaba de jugar. ¡Hasta le dejaba lamerle la cara! Cuando intentaba lamer a Edu o a Rosa, sin embargo, parecía darles asco, a pesar de que lo hiciera con mucho cariño.

El camino de vuelta había sido largo y Rufus se sentía agotado, pero al fin estaba en casa. Enseguida podría volver a jugar con su familia. Rufus aulló, los llamó con ansia, deseando que le abrieran la puerta para volver a estar con ellos. Pero la puerta, por alguna razón, no se abría. ¿Sería que se habían perdido hasta el punto de no saber cómo regresar a su hogar? Ni siquiera estaba Pablito, que por alguna razón se había quedado en otro sitio esa mañana en vez de ir al campo a jugar con ellos.

Los aullidos continuaron durante un buen rato, pero nadie abría la puerta de casa. El señor Arregui, sin embargo, se asomó por la ventana colindante. Rufus lo miró por el rabillo del ojo y pensó que no parecía estar muy contento, sospechas que se confirmaron en cuanto vio salir disparada aquella pelota de golf de su mano mientras gritaba “¡cállate, chucho apestoso!”. El señor Arregui tenía bastante buena puntería, y la pelota se estrelló contra el lomo de Rufus, que sintió instantáneamente un dolor agudo. Estar allí era peligroso, tendría que encontrar otra forma de volver a reunirse con su familia.

Decidió dar un paseo por el barrio. Quizás estaban en alguno de los lugares a donde iban habitualmente. –¡Claro! ¡Seguro que los encontraré en el parque!–, pensó Rufus… aunque le parecía un poco extraño que hubiesen ido en el parque a esas horas de la noche, pero, si no estaban en casa… ¿en qué otro lugar podían hallarse?

Rufus recorrió el parque de cabo a rabo, sin éxito. Los únicos que estaban allí a esas horas eran unos desagradables chicos jóvenes que, entre risas, intentaron acertarle con varias botellas vacías de cerveza. –Vaya, el parque también se ha puesto peligroso–, pensó Rufus, que ya no sabía a dónde ir. Lo que sí sabía, sin embargo, es que se estaba muriendo de hambre: no había comido nada desde por la mañana, y de eso ya hacía bastantes horas.

Por suerte logró encontrar algo de comida al lado de un contenedor. No era nada especialmente sabroso: tenía la forma de una manzana, pero su tono era más amarronado, y su sabor y textura en poco se parecían al de la fruta que solía haber en casa. Pero, con el hambre que tenía, aquel bocado le supo a gloria. Ya estaba amaneciendo, y decidió volver de nuevo a su hogar para comprobar si Edu, Rosa y Pablito ya se encontraban allí.

Regresó, pero se encontró con lo mismo: no había nadie en casa. Los echaba terriblemente de menos, y empezó a llorar sentado frente a la puerta. Al rato, el señor Arregui salió de la puerta de la casa de al lado; de nuevo, daba la impresión de estar enfadado.

–¡Maldito chucho! ¡Cállate la boca ya, coño! ¡No te podían haber llevado a la perrera los jodíos vecinos, no! ¡Tenían que dejarte aquí a joder la marrana! –exclamó el señor Arregui mientras le propinaba una patada a Rufus.

Estaba claro que con el señor Arregui por la zona sería difícil esperar la vuelta de su familia en la puerta de casa, por lo que Rufus decidió que sólo iría por allí de vez en cuando, para comprobar si habían regresado o no.

Mientras tanto, daría vueltas por el barrio. Iría alguna que otra vez al parque, pero sólo de día, que por la noche podían estar los gamberros que querían romperle la crisma con botellas de cerveza. Buscaría comida en los contenedores, seguro que algo podría encontrar, y tendría que hallar un sitio adecuado para dormir.

Aquel fue el día a día de Rufus durante dos semanas. Durante el día, vagaba por el vecindario; aprovechaba las sobras que podía encontrar en papeleras y contenedores; dormía en un edificio abandonado y con las ventanas rotas que halló a cinco minutos de su casa; y, cada jornada, volvía a su hogar y lanzaba sus aullidos con la esperanza de que alguien le abriese la puerta, tratando de esquivar, asimismo, los ataques del señor Arregui.

Hasta que al fin, aquel día, al fondo de la calle, lo vio: ¡era el coche de Edu y Rosa, se estaban acercando a casa! ¡Al fin habían encontrado el camino! ¡Qué contentos estarían! Rufus corrió, desbordado de alegría, a su encuentro. Estaba tan feliz que, le daba igual que se pudieran cabrear, les iba a lamer la cara hasta quedarse seco.

Rufus entró raudo en la calzada y se colocó justo delante del coche, mientras daba un aullido de entusiasmo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había corrido demasiado; el coche seguía en movimiento y, justo un segundo antes de sentir el golpe, Rufus clavó sus ojos en los de Edu, que iba conduciendo. Ya era demasiado tarde: al coche no le dio tiempo a frenar, y Rufus sintió cómo le impactaba, causándole un enorme dolor.

–¡Rufus!–, gritó Pablito mientras bajaba, corriendo, del coche de sus padres. –¿Qué haces aquí, Rufus? ¡Pensaba que estabas feliz en la granja! ¿Querías volver a vernos?

Rufus soltó un suave y tímido ladrido, y aún le dio tiempo a darle un último lametazo a Pablito. –Sabía que volveríais–, pensó, feliz, mientras entraba en un profundo sueño del que jamás volvería a despertar.

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Sobre el autor:

Fran Rodríguez
Fran Rodríguez
Amante de los animales, en especial de los perros (aunque he convivido con gatos y también me encantan). Desde aquí quiero ayudarte a convivir con tu peludo y a darle los mejores accesorios.

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